Migración y transformación cultural

Artistas latinoamericanos en Suecia

Ximena Narea

 

Cuando los primeros refugiados latinoamericanos llegaron a Suecia a fines de 1973, los más afortunados habían logrado empacar un par de pertenencias antes de embarcarse; no obstante las diferencias que pudieron existir entre ellos, todos venían determinados a regresar lo antes posible. Con el tiempo, el plan se fue enredando con la vida cotidiana en el nuevo país hasta llegar a ser una especie de fantasma que aún sigue penando en muchos. El proceso identificatorio que ha experimentado este grupo de latinoamericanos y los otros que siguieron viniendo hasta llegar a la actual cifra de aproximadamente 50 000, puede compararse, a un micro nivel, como el proceso que siguen todos los inmigrantes que han sido refugiados, para los cuales el establecimiento en otro país es una solución necesaria, aunque momentánea, en sus proyectos de vida.

El proceso de identificación del grupo de latinoamericanos con sus países de origen en general y con América Latina en particular, como entidad cultural sintetizadora, no es, sin embargo un proceso libre de conflictos, sobre todo por las características históricas del continente y por su posición actual en el contexto internacional. Intentaré hacer una revisión de la cultura latinoamericana en dos partes: en primer lugar como hecho inmanente en el lugar geográfico de origen y en segundo lugar como hecho que tiene lugar en otro contexto geográfico, económico, político y cultural a través de la experiencia de los refugiados políticos y de la expresión cultural de los artistas latinoamericanos en Suecia.

I. Migración e identidad cultural

La migración es parte de la conducta humana y es un fenómeno que afecta a grupos de personas (no a individuos) y que tiene consecuencias sociales, económicas y culturales tanto en el país de origen como al país de destino. A partir del siglo XV, la migración en América Latina se puede dividir en tres etapas, las dos primeras están relacionadas con la colonización europea mientras que la segunda tiene características globalizadoras en la cual hay una inversión del cuadro anterior. La primera fase (1450-1800), encabezada principalmente por España y Portugal tiene como foco América y está basada en el saqueo, asentamiento y trueque. La segunda fase (1800-1945) es dominada por la producción de materias primas, más que por el simple trueque. Durante esta fase, el principal poder ha pasado de manos españolas y portuguesas a manos inglesas y la apropiación de tierras en distintas áreas del mundo ha subido del 10% en 1714 a un 56% en 1914 (Chandra 1992). Durante este período América Latina empieza a luchar por su independencia mientras otras regiones del mundo son colonizadas, por ejemplo India y Africa. Ciertamente, la colonización establece un encuentro entre la cultura local y la foránea, pero ese encuentro no es "pacífico"; no se trata de un intercambio voluntario de experiencias, sino del dominio mediante la fuerza de una cultura sobre la otra. En este cuadro, la "cultura", en el sentido de la semiótica de la cultura (Lotman & Uspenskij 1984; Sonesson 1992; 1993; 1997) es Europa, representada por los colonizadores y la no-cultura es América, representada por los habitantes originarios. Lo particular aquí es que la "cultura" se asienta y se afianza en un área dominada por una no-cultura que termina por transformarse radicalmente, a la vez que en el proceso de textualización, la "cultura" empieza también a cambiar y a diferenciarse de la cultura europea original.

La migración de la que somos testigos en la actualidad es global y tiene la característica de ser una migración tanto entre países vecinos como de países culturalmente receptores a países emisores, dicho en otros términos: de países subdesarrollados (industrialmente) a países desarrollados (industrialmente). Esta "globalización", iniciada después de la Segunda Guerra Mundial y facilitada por los medios de transporte y comunicación, no es sin embargo, un movimiento que origina traslados "masivos" de población y que vaya a dar origen a cambios locales radicales.

La inmigración latinoamericana en Suecia corresponde a la tercera fase, que dentro del cuadro económico sueco se ubica en la etapa de inmigración de refugiados. Desde fines de la Segunda Guerra Mundial hasta 1970, domina en Suecia la inmigración de mano de obra, necesaria para seguir el ritmo de la industria que se encontraba en una situación de extraordinaria bonanza debido a su marginalización de la Guerra. Hasta 1930, Suecia había sido un país netamente emigrante, pero luego la situación, con excepción de algunos años, se invierte. A principios de 1950, una tercera parte de la inmigración provenía de los países vecinos Dinamarca y Noruega y el resto principalmente de otros países europeos. Otro grupo importante eran los finlandeses, que a mediados de los años '60 llegaban a unos 150 000. A fines de los años '60 la demanda de mano de obra se reduce y con ello la inmigración es restringida pasando a ser dominada por refugiados y sus familias, practicamente todos provenientes del Tercer Mundo y de los ex-países socialistas. Suecia, de ser una cultura fundamentalmente monoétnica, se ha visto transformada en una supracultura integrada por distintas microculturas, diferentes entre sí y con distintos niveles de compatibilidad con la cultura original sueca. Esta situación, acompañada por un mercado laboral restringido ha animado a suecos de diferente nivel socioeconómico a promover una discusión pública argumentando en contra de la presencia de extranjeros en el país. Uno de los debates más significativos en este sentido fue originado en mayo de este año por las opiniones de la Docente adjunta del Depto. de Antropología Social de la Universidad de Lund Kajsa Ekholm Friedman (1997) vertidas en un foro organizado por una organización paraguas con el nombre de Voluntad Popular e Inmigración Masiva ("Folkviljan och Massinvandringen") que agrupa a una serie de organizaciones racistas como Sueca Conserve Suecia Sueca (Bevara Sverige Svenskt) y Confederación Nacional ("Sveriges Nationella Förbund"). "Quién puede creer que el multiculturalismo en el sentido de multietnicidad es enriquecedor para un país?" se preguntaba preocupada la docente en un artículo de periódico en el cual pretendía justificar sus declaraciones en el foro: "El pasado colonial europeo hace que no debiéramos lamentarnos ["por los tentáculos que desde afuera rompen nuestra anterior homogeneidad"], pero tampoco necesitamos celebrar nuestra propia desintegración". Su inquietud es atendible, el Tercer Mundo, creado a partir de la colonización europea, se le "mete en el living de su casa", como anteriormente ella misma había expresado en un programa de televisión. Ekholm Friedman advierte que "su" cultura corre el peligro de sufrir cambios (más que desintegrarse como ella teme, por cuanto la no-cultura-inmigrante no tiene poder económico ni político y es numéricamente muy inferior a la sueca).

Pero veamos cómo se produjo el "desmoronamiento" de las culturas originarias en América y la aparición de una nueva cultura, cuya identidad sigue en construcción, y cuya presencia en Suecia le preocupa a la inquisitiva académica.

II. Del descubrimiento de una realidad geográfica a una entidad cultural: cuatro momentos

El "descubrimiento" de América fue un violento choque entre dos realidades culturales diferentes, completamente ignorantes la una de la otra y en cuya interrelación, se establece un sujeto y un objeto; una cultura y una no-cultura, en la oposición de la escuela de Moscú/Tartú (cf. Lotman & Uspenskij 1984). El establecimiento del YO-cultura v/s el OTRO-no-cultura depende de quien ejerce el poder en ese encuentro; sobre este concepto, Moscú/Tartú no hace ninguna referencia (ver Sonesson 1997). En la conformación de lo que hoy se conoce como América Latina se pueden observar cuatro momentos en los cuales el YO-cultura y el OTRO-no-cultura cambian de lugar, dependiendo de quien hace la definición. En cada momento, el YO-cultura "nombra" la realidad e intenta definirla.

1. El descubrimiento del OTRO

El primer momento se establece con el "descubrimiento", cuyo sujeto es el YO europeo, que por primera vez percibe algo que no tiene incorporado en su referente cultural y con el que poco a poco empieza a relacionarse, al mismo tiempo que lo va textualizando. En este cuadro no es interesante si para aquellas culturas hasta entonces desconocidas en Europa la presencia de extraños en el continente también fuera un "descubrimiento". El encuentro entre Europa y América (en el entorno físico y cultural americano) produce cambios radicales en ambas culturas, especialmente para las americanas, por cuanto poco a poco éstas deben incorporarse al horizonte de la cultura occidental. Durante 370 años, la cultura europea asienta las bases para el desarrollo de una nueva realidad cultural que empieza a tomar conciencia de su existencia solamente en las primeras décadas del siglo pasado.

Todo lo existente en los nuevos territorios es desconocido para Europa y por ende, materia accesible a su traducción, interpretación y textualización. Por su parte, las culturas aborígenes, penetradas por la cultura española van modificando sus textos con el fin de adaptarse a la cultura dominante. Estas dos culturas, originadas en espacios geográficos diferentes, durante la colonización "comparten" el mismo espacio, es decir no sólo tienen una relación abstracta como podría ser la interpretación de textos aislados de otras culturas, sino que, aún en relación emisor-receptor, "conviven" en un mismo espacio físico, el de las culturas receptoras.

Es el YO-cultura quien textualiza el OTRO-no-cultura y lo nombra. Los habitantes originales (OTRO-no-cultura), si bien tenían términos que abarcaban grandes territorios, éstos correspondían a los límites de sus propios imperios. Los incas, por ejemplo, hablaban del "Tahuansintuyu" para designar las cuatro partes del imperio siguiendo los puntos cardinales: Antisuyo, Collasuyu, Contisuyu y Chinchasoyu. Sin embargo, ninguna de las culturas pre-americanas tenían un concepto continentalista, en la forma en que lo desarrollan los europeos, para quienes todo aquello que estaba inserto en el continente pertenecía a un mismo caos. Como es sabido, Colón buscaba una nueva ruta para llegar a la India, y murió convencido de que lo había logrado; por esta razón, no plantea una nueva relación con los territorios a los que llega. Si bien el Almirante refiere en su diario de navegación los pormenores de sus encuentros con los naturales y el paisaje, situaciones nuevas para él, no establecen estos relatos una relación que redefina lo que él había leído en los escritos de Marco Polo. En este sentido, Colón "revive" lo que el viajero veneciano debió experimentar en su oportunidad; no define un objeto nuevo y por ende, no lo nombra; Colón llega a la India, una entidad ya definida y nombrada.

El carácter único de una nueva realidad geográfico-cultural es advertida por el navegante florentino Amerigo Vespucci, quien en una carta dirigida a Lorenzo Pedro de' Medici (¿1503?), se refiere a los territorios hasta entonces desconocidos para Europa como Nuevo Mundo. Vespucci nombra algo nuevo, que "hemos buscado y descubierto". El hecho de nombrar al continente como "Nuevo Mundo", indica el establecimiento de una entidad por conocer en la conciencia de Vespucci (y de sus contemporáneos); el "Nuevo Mundo" es "Otro Mundo", no el suyo. Hasta entonces, no es mucho lo que sabe de aquello "que excede la opinión de nuestros antepasados", pero se lo enmarca para dar inicio a su interpretación. A mediados del siglo XVIII, América ya ha alcanzado una difusión universal y es el nombre con que en adelante se llamará el continente. La búsqueda de un término "justo" no es sino una lucha de poder entre las distintas fuerzas colonialistas europeas, que termina perdiendo España. Lo interesante es que el nombre no se determinó a partir de quien se encontró con el objeto primero, sino a partir de quién percibió la importancia histórica del hecho, es decir quién lo supo interpretar correctamente. No se trataba de una ruta más expedita para llegar a un punto conocido, sino de un mundo nuevo. Con esto termina el primer capítulo de la historia del continente desde la llegada de los españoles.

2. El OTRO deviene YO

Con los movimientos independentistas el orden del YO-cultura vs OTRO-no-cultura se altera. Cuando Lotman y Uspenskij (1984) definen la cultura como un hecho inmanente, es decir, como el establecimiento de un sujeto cultural en relación a algo fuera de él, una no-cultura, no se extienden en analizar justamente aquello que esta fuera de los límites que la cultura se plantea. El caos o la naturaleza estan formados por otras culturas con mayor o menor grado de cercanía entre sí y con la cultura que hace la definición. Göran Sonesson (1997) discute la doble posición de la cultura, a veces como dentro y otras como fuera: "Una cultura puede considerarse como siendo parte del fuera, representando la Naturaleza y el Caos, mientras otra sociedad juega el papel de Cultura" (p: 2). Sonesson presenta el propio ejemplo de Lotman y Uspenskij, el de Pedro el Grande tratando de "modernizar" Rusia, es decir de acercarla a la cultura. Lo mismo ocurre con las culturas (especialmente las jóvenes en el ejemplo de Sonesson) que siguen el modelo de Estados Unidos (ver también Sonesson 1993).

En la relación Europa-América Latina, hasta este punto ha existido sólo la cultura europea; América Latina ha sido la naturaleza, pero poco a poco se la fue integrando a la cultura española y a la portuguesa. Se la textualizó como un ente útil a España y Portugal, pero sin valor propio. Sin embargo, durante la gesta de la independencia surge en las colonias españolas la necesidad de definir una identidad propia, nueva, ya no india ni europea. La razón es que la guerra por la independencia es contra España, de modo que se hace apremiante una diferenciación de ella. Hasta entonces, los criollos eran españoles venidos de la metrópoli o nacidos en América de padres españoles, o mestizos educados dentro de la cultura colonial. Imposible pretender ganar una guerra si los rivales pertenecen al mismo bando.

La primera proposición surgida en el interior de las colonias proviene del precursor Francisco de Miranda, quien desde fines del siglo XVIII agita el nombre de Colombia como bandera revolucionaria. Cuando Miranda redacta su primer manifiesto revolucionario lo titula "Proclamación a los Pueblos del Continente Colombiano, alias Hispanoamérica", documento sin fecha, escrito probablemente entre 1800 y 1801. Lo interesante de la proclama es la propuesta de una identidad distinta a la española, una identidad que asume un pasado indiano y lo enaltece y exhorta a los "colombianos" a revelarse contra "los bárbaros que nos oprimen" y a romper con la metrópoli. En su arenga, Miranda no deja de recordar a los revolucionarios el espíritu asesino de los gobernantes españoles, haciendo presente el martirio de la población aborigen. Su propuesta libertaria incluye la reivindicación los grupos reprimidos otorgandoles los mismos derechos que el resto de la población y liberandolos de su trabajo obligatorio. Desde Miranda, los líderes del proceso independentista evitaran usar términos derivados de Hispania o España.

Por su parte, el Libertador Simón Bolívar emplea el nombre y el concepto amplio de Colombia durante un corto período y sin mucha frecuencia. Preferentemente utiliza los nombres América, América del Sur, América Meridional, ó, América antes Española. Sin embargo, no encierran estos nombres una idea continentalista en el sentido que Miranda le daba al de Colombia, no por no desearlo, sino porque prácticamente lo veía poco probable. En el documento llamado "Carta de Jamaica" escrita el 1 de mayo de 1815, Bolívar habla reiteradamente sobre el Nuevo Mundo desde la perspectiva de una unidad basada en un espacio geográfico definido, con un origen común y una trayectoria similar, pero sin dejar de advertir las diferencias que dividen las distintas provincias. Los protagonistas de esa historia "común", una historia que empieza a escribirse con la llegada de los españoles, son aquellos que Bolívar describe en esa carta, incluyéndose, como: "Nosotros, que apenas conservamos vestigios de lo que en otro tiempo fue, y que por otra parte no somos indios ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles". Esa especie media, inexperta en la dirección de su propio destino, se enfrentaba a la coyuntura de una definición política que sería vital para el futuro de las antiguas colonias. Se trataba en primer lugar de lograr la expulsión de los españoles, pero esto no podría ser posible sin la unión de todas las colonias, escribe: "Yo diré a usted lo que puede ponernos en actitud de expulsar a los españoles y de fundar un gobierno libre: es la unión, ciertamente; mas esta unión no nos vendrá de prodigios divinos sino por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos". Esta unión, que pudiera parecer evidente en vista de esa "historia común", no se produce sin dificultades y de esas dificultades, basadas en intereses económicos y en proposiciones políticas diferentes, esta consciente Bolívar, por eso no romantiza sobre la idea de una sola nación.

En todos los planos, los criollos se definen ellos mismos como cultura, en contra de la cultura española e intentan darse ellos mismos un nombre, que contradictoriamente deriva del nombre del descubridor de América, es decir del "enemigo", Colón o Colombo, y que el mismo Simón Bolívar le agradece haber sido el "creador de nuestro hemisferio". Evidentemente, los nuevos americanos no reniegan de la cultura española, sino que pretenden rescatar la síntesis cultural entre aquella y la indiana, que es lo que en formalmente los separa de España, aunque en la práctica no hay gran respeto ni consideración hacia los indios (ni entonces ni hoy). En América, la cultura española ha sufrido la deformación producida por la distancia, por la geografía y por la influencia de las distintas culturas indianas. De hecho no es la misma cultura, es una textualización de ella.

Después de consolidada la Independencia de la metrópoli, y reconocidos los nacientes Estados a nivel internacional, la preocupación éstos se centra en la conformación de una fisonomía política y económica interna. Muy pronto sin embargo, se hace sentir nuevamente la necesidad de una definición que aúne bajo un solo nombre las antiguas colonias españolas. No se trata de retomar la antigua posición frente a España, sino de definir y afirmar una identidad común frente a Estados Unidos, el joven imperio que amenaza desde el mismo continente. La estrategia es más o menos la misma que la usada en el enfrentamiento con España: la unidad cultural, con un nombre: Colombia. La invasión norteamericana a México en 1846 y la anexión de Texas, Nuevo México y Alta California por los Estados Unidos en 1845 y 1848 provocan la alerta, que se intensifica con la invasión del filibustero norteamericano Walter en 1855 a Nicaragua. Estas circunstancias encienden los espíritus americanistas que llaman a la unión de las repúblicas bajo una sola bandera. Ciertamente es una posición defensiva, se teme una agresión de los vecinos del norte; oportunamente se recuerda entonces el "parentesco" entre las antiguas colonias.

En el año 1856, el político panameño (y más tarde presidente de la República) Justo Arosemena, pronunciaba un discurso en el que llamaba a la toma de conciencia de la inquietante situación contra la apropiación de Estados Unidos del nombre América propone el nombre Colombia con la dimensión abarcadora original:

"Hace más de veinte años que el águila del Norte dirige su vuelo hacia las regiones ecuatoriales. /.../ Entre tanto, señores, Colombia duerme./.../ Pero aún es tiempo si Colombia despierta /.../ Siga la [nacionalidad] del Norte desarrollando su civilización sin atentar a la nuestra. Continúe, si le place, monopolizando el nombre de América, hoy común al hemisferio. Nosotros, los hijos del Sur, no le disputaremos una denominación usurpada, que impuso también el usurpador. Preferimos devolver al ilustre genovés la parte de honra y de gloria que se le había arrebatado: nos llamaremos colombianos; y de Panamá al Cabo de Hornos seremos una sola familia, con un solo nombre, un gobierno común y un designio. Para ello, señores, lo repito, debemos apresurarnos a echar las bases y anudar los vínculos de la Gran Confederación Colombiana"

La proposición queda definitivamente sepultada tras la denominación de la actual Colombia en 1863 y allí terminan también las búsquedas desde adentro. No obstante seguirán apareciendo defensores del nombre aún cuando una nueva denominación empieza poco a poco a ganar terreno.

 

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Last updated 1999-01-21